Todos estuvieron de acuerdo: debían añadir un nuevo ídolo a la cosmovisión de la tribu. Si bien era cierto que no proporcionaba luz y calor como el dios-sol, ni alimento para sus hijos como la madre-tierra, nadie dudó en adorar a aquel artefacto volador que escribía mensajes en el cielo. Algún día, pensaban todos, sabremos leerlos.
Microrrelato escrito para participar en el concurso Minificciones.com.ar.

