Despeja la equis

Uno más uno, son dos. 

Dos más uno, son multitud. 

Tres más uno da lugar a un aparente equilibrio que se rompe si a cuatro le restas uno. 

Tres menos uno es una soledad de dos. 

El resultado de restar uno a dos, es siempre una incógnita.


Códigos

   Se entendían a su manera. En medio del bullicio de los otros, apenas hablaban porque sabían de la inutilidad de las palabras. Sus conversaciones estaban llenas de silencios, pero también de gestos y miradas suficientes para transmitir cualquier mensaje. Los demás, ajenos a esos signos, no comprendían nada: ni el diálogo, ni a ellos. 

Blanco y en botella

   Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre, porque no hay mal que por bien no venga, ni mal que cien años dure, pero es que al pan, pan, y al vino, vino, porque no todo el monte es orégano y bien está lo que bien acaba.


Hilando fino

   Cuando Ulises regresó, Penélope abandonó las agujas e hizo la maleta. No tardaré —le aseguró—, y salió dando un portazo. Después de aquel día, su marido se convirtió en el mejor tejedor de la zona.

Prólogo

   Comenzó aprendiendo a dibujar frutas y bodegones. Cuando ya dominaba los claroscuros y los secretos de la perspectiva se inició en los rostros y paisajes, hasta crear con ellos un mundo único. Pero un día descubrió que alguien le había estropeado una manzana. Entonces arrugó todo lo hecho y optó por modelar con arcilla.


¿Y por qué?

   A pesar de todos los años acumulados, no había dejado de ser como un niño en la edad de las preguntas. Algunas de sus cuestiones obtenían una repuesta; otras carecían de ella o no podían ser resueltas por cualquier interlocutor. Pero un día encontró la horma de su zapato, el ying que equilibraría su insistente yang. En esa ocasión se enfrentó a la más simple y compleja de las réplicas: ¿y por qué no?  

La casa de mis sueños

   La casa de mis sueños no es grande, ni tiene jardín. Sus habitaciones son pequeñas y escasas, y desde ellas no se ve el mar. Está lejos de todas partes, no tiene garaje y los vecinos que la vigilan a todas horas nunca prestan el azúcar o la sal. Pero en la casa de mis sueños vives tú.

Ellos

   No nos pertenecen ni el fuego, ni el temblor, ni la sal, ni el fragor, ni la luz, ni la paz. Son ellos, mi amor, los que nos crean.


Insulanos

   La isla estaba hecha de viento: de las palabras que se llevaba, de las noticias que traía, de las voces efímeras de sus habitantes etéreos. Pero era tan hermosa, que parecía verdadera, y a ninguno de sus moradores le preocupaba que pudiera ser tan precaria como ellos.


El color de la vida

     De pequeña la vistieron de rosa y le contaron que los príncipes eran azules. Le enseñaron las tareas de la casa y a sentarse como una señorita. Su abuela la felicitaba cuando recogía la casa como una mujer, mientras sus hermanos veían la televisión o se entretenían jugando. Cuando pasaron los años, empezaron las preguntas incómodas, que son todas las que empiezan con ya: ¿ya tienes novio? ¿Ya tienes hijos? ¿Ya...? Parecía que llegaba tarde a todos lados. Pero esa época también pasó, y ella misma fue aprendiendo que los príncipes no eran tales, que eran solo personas como ella, que los hijos quizás no llegarían, que no se le daba bien cocinar y que el color que mejor le sentaba era el verde. Y cuando creía saber quién era, la sociedad le exigió más. Le dijo que podía viajar sola sin sentir miedo, que su cuerpo le pertenecía únicamente a ella, que el sexo esporádico era una opción como otra cualquiera, que podía trabajar en tareas consideradas para hombres si así lo deseaba. Ella, que había sido solo una niña vestida de rosa, tenía ahora carta blanca, pero no sabía utilizarla.