De nuevo, se le ha hecho tarde. Su madre no entiende que le faltan sólo cinco minutos para rematar al dragón. Se le ha ido el tiempo persiguiendo delincuentes, ganando un mundial de fútbol, escalando la montaña más alta que recuerda y capitaneando un navío fantasma. Está agotado… Y sucio. Después de varios intentos, su madre logra convencerlo de que lo mejor es que vuelvan a casa y borren las huellas de sus hazañas con una esponja.
Mientras le ayuda a desvestirse, deja que el agua llene lentamente la bañera. El sonido del grifo vaciándose sobre la porcelana se mezcla con la risa de su hijo. Dentro de nada estará durmiendo plácidamente junto a sus dos hermanos pequeños. Entonces ella podrá disfrutar del silencio de la noche sentada en la terraza de esa casa que comparte con un hombre amable que la escucha y cuida de ellos.